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Un pepino y una polla

Lo primero que quiero decir antes de comenzar a relatar esto es que soy heterosexual, me encantan las mujeres. Me encanta su cuerpo y me encanta follar con ellas, una y otra vez hasta quedar extasiado. Además físicamente estoy bastante bien según dicen, y de momento no me falta el sexo así que puedo disfrutarlo plenamente.

Pero en mi intimidad más de una vez pienso en una o dos pollas follándome a la vez, dándome placer sin parar hasta terminar corriéndose las dos sobre mí.

Lo que voy a relataros ocurrió hace un año, y cada vez que me acuerdo de aquél día termino haciéndome una o dos pajas. Para mí era impensable, y todo lo que ocurrió parecía sacado de una película porno. Pero fue real. E increíble.

Era una aburrida tarde de invierno. No tenía nada que hacer, ya que era sábado y no tenía clase, ni me apetecía estudiar ni nada de eso. Yo vivo en un piso de estudiantes, y se habían ido. No volverían hasta el lunes por la tarde. Comencé a ojear una revista porno, al principio sólo para pasar el rato, pero empecé a ponerme bastante caliente. Empecé a mirar los masturbadores para tías, y sus medidas, y a pensar si me cabrían a mí en el culo. Los había desde 2,5 cm. De ancho hasta 5 cm. Y de largos desde 12 a 22 cm


Yo ya había probado a meterme un dedo en el culo, o dos como máximo, pero nunca había pensado en pasar de ahí. Con la calentura que me estaba entrando, empecé a pensar en algo que pudiera meterme y que fuera del tamaño de una buena polla, o del tamaño de los masturbadores que había estado viendo (me refiero a los grandes claro). De repente se me vino la idea a la cabeza. Un pepino sería mi aliado. Sin pensarlo dos veces bajé a comprarlo, no sin antes preparar la habitación. Cerré bien las persianas y encendí dos estufas de butano. Cerré la puerta y me fui. Así me aseguraría que la habitación estaría calentita cuando yo llegara. Busqué algún comercio donde comprar mi preciado juguete, pero la mayoría de las tiendas estaban cerradas. Al final y tras andar mucho y tener que salirme del barrio donde viviía, encontré una tienda de ultramarinos y entré. Pedí 3 pepinos, tal y como suena. La mujer me preguntó que si los quería grandes o pequeños ( si hubiera sabido cuál iba a ser su destino...) Le dije que me los diera grandes.

De camino a casa fui pensando en lo que iba a hacer. Me estaba poniendo cachondísimo y deseaba llegar ya. Cuando llegué me dirigí a la habitación y estaba tal y como yo esperaba, muy calentita. Saqué las piezas de la bolsa y me quedé un poco perplejo, ya que eran más grandes de lo que yo esperaba. Tuve que elegir el más pequeño de los 3, y aun así no estaba seguro de que todo aquello fuera a entrar dentro de mí. Lo medí... 17 cm. De largo, por ¡¡casi 6 de ancho!!. De todas formas, cada vez que lo pensaba me ponía más caliente. Encendí unas velas para que el ambiente estuviera perfecto. También llevé a la habitación crema hidratante para las manos y papel para después de la función no tener que moverme para nada de la cama. m quité la ropa poco a poco, y, al quedarme completamente desnudo comencé a acariciar todo mi cuerpo, sin tocarme mucho la polla, ya que de lo caliente que estaba sabía que en cuanto le diera un par de meneos me iba a correr... me coloqué a 4 patas, que es una posición que me excita mucho, y comencé a untar bien mi culo con crema. No tengo nada de vello, por lo que la crema se extendía mejor, y me unté tanta que prácticamente los dedos entraban solos. Entonces puse un condón en el pepino y comencé a apretarlo despacio contra mi culo. Noté como entraba casi de repente, y me hice un poco de daño. Tuve que parar, y cuando pasaron 2 o 3 minutos volví a intentarlo, esta vez más despacio y acompañando la penetración con suaves meneos en mi polla. Mi respiración se aceleró mucho, y mi corazón también. Mi polla empezaba a soltar un líquido transparente, y yo lo cogía y lo chupaba. Tardé unos 10 min. En meterlo del todo, y la sensación que tuve fue desconocida para mí. No tenía nada que ver con cuando me metía uno o dos dedos. Sentía una excitación que en ese momento hubiera jurado que era insuperable. Gemía y me retorcía sintiendo aquello tan gordo dentro de mí, aquello que había dilatado mi culo hasta límites insospechados. No quería tocarme la polla, sólo sentir aquello entrando y saliendo de mí. En plena acción, me vino una idea a la cabeza. Me fui a por un espejo que había en el salón y lo llevé a la habitación. Pero eso no era todo. Fui a por un tanga que tenía en el cajón, el típico que se compra para nochevieja entre los amigos para hacer la gracia; y me lo puse. Entonces, y de espaldas al espejo, aparté un poco el tanga y empecé a meter otra vez el juguete dentro de mí. El ver cómo entraba y salía, y el ver mi culo tan abierto me calentó aún más. Lo que salía de mi polla había pasado de ser un líquido transparente a ser semen, y lo chupaba con más ansia cada vez. Sentí cómo me corría sin tocarme la polla, y esa sensación me hizo delirar. Gritaba y gemía sin importarme que pudiera oírme algún vecino ni nada parecido.

De repente, en medio de mi griterío y mis gemidos, escuché el timbre. Al principio ni se me pasó por la cabeza el hecho de abrir la puerta, pues ese momento no lo estropearía por nada. Pero al ver que insistían tuve que ponerme el pantalón del pijama (que me quedaba bastante grande) y dirigirme a la puerta a abrir. Todo esto lo hice pensando en despachar rápidamente a quien fuera y seguir con lo mío.

Abrí la puerta, y frente a mí, un hombre de unos 35 años, bastante alto, algo delgado y que vestía traje de chaqueta me dedicaba una amplia sonrisa. En su mano derecha llevaba un maletín, y no tardó en ponerme al corriente de sus intenciones. Me ofreció comprar una enciclopedia en no sé cuántos plazos y con no se cuántas ventajas... en fin, que yo, lejos de despacharlo rápidamente como tenía pensado, le invité a entrar. Al principio dijo que no, diciéndome que no podía hacerlo ya que estaba trabajando; pero se lo dije un par de veces más y accedió. Siempre he sido muy tímido, y creo que ese día actuaba así porque estaba terriblemente cachondo, y nada más ver a ese tipo me habían entrado ganas de dar el paso final en cuanto al sexo anal, es decir, que me follaran bien el culo. Hablamos un rato, le pregunté cosas sobre su trabajo, él me preguntó que qué estudiaba, en fin, una conversación normal. No tardé en ofrecerle algo que tomar, y él accedió a tomar un refresco. Me levanté y ya en la cocina me puse a pensar en lo que estaba haciendo, era una locura, pero no me importaba. Ahora sólo tenía que insinuar un poco mis intenciones, y a ver qué pasaba. Sin embargo, y para mi sorpresa, él fue quien dio el primer paso. Cuando llegué al salón se quedó mirándome y me preguntó que si podía decirme una cosa, sin que me ofendiera.

Yo le dije que preguntara lo que quisiera. Su pregunta fue que si siempre llevaba tanga, porque me lo había visto (los pantalones se me caían un poquito...). Me dijo que era muy bonito, y sonreía. En ese momento me di cuenta de que él también quería jugar, y comencé a insinuarme. Le dije que en casa me gustaba vestir así porque era cómodo...

Empecé a notar cómo en su pantalón crecía un bulto, que él sin éxito intentaba disimular, pero no quise decir nada. Tras hablar otro rato, me dijo que le gustaría ver cómo me quedaba el tanga, incitándome a mostrárselo. Finalmente accedí. Ya estaba dispuesto a todoo. Me quité el pantalón del pijama. Estaba completamente empalmado, y la verdad es que el tanga me quedaba un poco pequeño, por lo que se dejaba a entrever la punta de mi rabo. Él preguntó que por qué lo tenía tan húmedo (yo no me había dado cuenta, entre la crema y lo que yo soltaba por delante estaba empapado). Le dije que si quería saber la causa me siguiera hasta la habitación.

Una vez allí, vio todo lo que había encima de la cama y se quedó un poco sorprendido. Sin pensarlo, le bajé el pantalón y me metí su polla en la boca. La chupaba ansiosamente, como si llevara deseando mucho tiempo ese momento. Él gemía de placer. Entonces, le pedí que me ayudara a meterme un poquito mi juguete. Nos colocamos haciendo el 69, yo arriba y él abajo, y mientras yo se la chupaba él me lo metía. Sentí que me corría otra vez. Cuando llevábamos un rato me pidió que parara, que no quería acabar tan pronto. Me dijo que me colocara la almohada debajo del vientre y se subió encima de mí. La sensación era espléndida, era lo que deseaba en aquel momento. Aquel hombre encima de mí me bombardeaba, me follaba fuerte pero a mí me encantaba. Tenía todo lo bueno del pepino, y además yo no tenía que moverme, sólo sentir a aquél hombre dentro de mí. Su polla era algo más estrecha que mi juguete, pero era más larga. No me entraba toda. Me encantaba aquella sensación.

Cambiamos de posición, subiéndome yo encima de él y moviéndome lo más rápido que pude. Él empezó a decirme groserías, que aún me excitaban más. Me decía que me iba a romper el culo, a lo que yo le contestaba que lo hiciera. Al final, me dijo que quería que me tragara su leche. Yo no estaba como para decir que no. Tenía un dolor de huevos inmenso, y me la meneé fuerte a la vez que se la chupaba para que terminara de correrse en mi boca. Él se corrió antes que yo, y cuando se la estaba limpiando bien con la boca fue cuando me corrí yo. El tipo se vistió y me dijo que se iba, que estaba en horario de trabajo. Yo lo despedí amablemente, casi agradeciéndole el buen rato que me había hecho pasar.

Desde entonces no he vuelto a hacerlo con nadie, pero lo del pepino lo he repetido más de una vez, y más de10. espero que les haya gustado.

Si alguien quiere ponerse en contacto conmigo para intercambiar experiencias (sobre todo en lo que se refiere a masturbación): Peter_5769hotmail.com

 

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