Los hermanos tremendos

Toda mi vida había odiado los domingos. Monótonos, lentos y aburridos, a veces prefería dormírmelos completos. Pero al cumplir 21 mi suerte cambió y pude (por fin) mudarme a mi propia casita: no muy grande, pero cómoda y representaba el inicio de mi independencia. Quedaba en una calle tan sola que no pasaba casi nadie, quizás un carro cada 10 horas, pero era tan arbolada y hermosa que no daba miedo. Pero yo no sabía que lo que había por allí era aún mejor. Realmente no estaba loco por encontrar machos en mi nuevo vecindario, pero tampoco creí que me iba a ir tan bien!.
Resulta que, tal cual como comenzó el primer domingo en mi flamante ‘Hogar dulce hogar’, todo parecía muy pero muy tranquilo... hasta deprimente. Con evidente flojera, a eso de las 10 a.m. mientras comía mi desayuno, poco a poco comencé a notar el ruido de una gente conversando, y también algo así como agua cayendo. No aguanté la curiosidad. Me levanté de la mesa, corrí la cortina... Y ante mí apareció el paraíso: no 1, ni 2, ni 3... Cuatro enormes y bien formados mangazos estaban en el patio de la casa de enfrente, lavando 2 automóviles, bien nuevecitos por cierto.
Todos estaban vestidos con shorts y franelillas (como si fueran de un club u orquesta) mostrando unas piernas gruesotas, unos brazos enormes y unos peludos y muy abultados pectorales, los cuales virtualmente me hicieron babear y fabricar una carpa circense en mi ropa interior.
Aparte, las franelitas les quedaban tan apretadas... tenían que ser familia, ya que se parecían algo entre ellos. Corrí a terminar mi desayuno, para así poderme instalar (aún atragantado) en la ventana. Al rato, sin previo aviso,
comenzó el show: uno de ellos se metió a un Carro y encendió el radio; comenzó a sonar música ‘dance’. El que se veía mayor del grupo (el único que tenía bigotes, por cierto), agarró la manguera y se empapó de pies a cabeza mientras bailaba sensualmente y los otros 3 silbaban y vitoreaban… se le marcaba todo… las tetillas paraditas y los vellos del pecho asomándose. De pronto soltó el chorro y comenzó a despojarse de su franelilla sin dejar de bailar. ¡¡¡Mi madre, que macho!!!... al ver a semejante osote meneándose como todo un profesional, mi mano derecha buscó instintivamente a mi "amigo", quien ya había crecido al máximo y había salido de su escondite de tela blanca, palpitando al ritmo de la música que sonaba. No podía entender muy bien lo que decían, pero enseguida se incorporó el que estaba dentro del carro y también bailó y se quitó la franelilla. Este estaba algo más gordito, e igual de rico y peludo. Tremendo show de bienvenida a mi nuevo hogar... "si así llueve que no escampe", pensé…
El oso bigotudo ya comenzaba a desabrochar su short (un jean cortado por el muslo) cuando los que faltaban se unieron al strip-tease desnudando sus torsos. Estos eran evidentemente más jóvenes: uno bien musculoso, como de gimnasio y el otro más bien redondito. Cuatro machotes, 4 paredes gigantes quitándose la ropa frente a mi ventana... como a los 10 minutos, quedaron en interiores y seguían mojándose como locos... mientras más veía yo menos lo creía, ¡y se agarraban a cada rato sus bultos!. Tal parecía que se estaban poniendo bien calientes. No sé si habría licor de por medio o si eran unos pervertidos, pero sin duda, estaban gozando casi tanto como yo. Buscaron toallas, se secaron entre risas y cansancio, entraron a su casa; mi show de bienvenida llegó a su fin, huelga decir que con un increíble orgasmo de mi parte regando como una cascada la recién pintada pared y salpicando mis piernas… No volví a verlos más ese día.
Pensanba mucho en ellos y la semana era larguisima; esperando poder verlos, cosa que por lo general sucedía los domingos. Poco a poco pude conocerlos, comenzando por la típica curiosidad de vecinos y luego se iniciaron las charlas, cortas pero cordiales. Al breve tiempo pude averiguar algo sobre ellos: Francisco (o Pancho) el grandotote bigotudo que inauguró el baile; tenia 28 años y era tan voluminoso, de espaldas anchas y tan alto que parecía uno de esos grandulones de seguridad que hay en las discotecas. El segundo, Simón; tenía 24 años y era el más musculoso de ellos debido a años de entrenamiento riguroso, coronando su rocoso pecho una hermosa alfombra de castaños vellos y unas anchas tetillas rosadas. Le seguía Juan Vicente, de 22 años; el más extrovertido y gordito, peludísimo y con una sonrisa pícara que nunca abandonaba su cara; y finalmente José (o Cheo) de 18 años, gordito papeado bien pechugón y el menos peludo del grupo. Así que 4 bombonsotes, todos osotes, blancos, enormes y ricos de donde escoger. Poco a poco me fui amigo de ellos, prestándoles lo que necesitaran y viéndonos de vez en cuando. Aunque ninguno era afeminado; (eran tremendos machos), yo uní lo de los shows al lavar los carros (luego se repitieron algunas veces, para mi deleite), el hecho de que nunca llevaran mujeres a dormir y también que era muy difícil hallarlos dentro de su casa, para aumentar mis sospechas de la homosexualidad colectiva de mis sabrosos vecinos. No hallaba que tramar para llamar su atención, si bien algunas veces sentía que les intrigaba mi soledad y mis misteriosas miradas azules siempre apuntando hacia ellos, algo se me tenia que ocurrir...
Pasaron las semanas con sus respectivos días y fui averiguando mas acerca de estos cuatro sementales: Pancho y Simón eran dueños de "Hugebears" (osos enormes) una recién creada compañía de seguridad de eventos especiales o sea, mandado a hacer; no queda mejor, je je je!!!. Juan Vicente se estaba graduando de Administrador de Empresas y Cheo, el redondito papeado; casi terminaba la secundaria... También supe que Simón había sido stripper y que era él quien le había enseñado a sus hermanos a mover la maraca y demás cosotas. Los 4 habían tenido mujeres, pero no les gustaba hablar del tema; por supuesto yo los apoyaba. Vivían juntos desde que sus padres (cincuentones ambos) se divorciaron. En general eran unos hermanos como pocos se ven: Unidísimos, trabajaban, comían, rumbeaban y como que hasta se bañaban y dormían juntos... me excitaba ver como se untaban bronceador entre sí al asolearse en el patio.
¿Incesto en el aire? quien sabe… pero como no soy para nada puritano, la sola idea de imaginármelos masturbándose entre sí me provocaba sueños húmedos y realidades aún más mojadas. Yo quería ser quien le embadurnara los enormes brazos y pechos peludos de aceite oloroso a coco, y no fantaseaba con uno en particular, siempre con los 4. No eran obvios, pero tan buena gente y muy pero muy amables y amistosos...veeeeeeerrrrgaaaaaa!!!! estaba a punto de enloquecer si no hacía algo para calmar mis instintos. Ya me dolía la mano de pajearme tanto y quería otra forma de darme placer; hasta que un buen día se me prendió el bombillo. Yo siempre he sido fotógrafo aficionado (colecciono fotos de mis amigos con o sin ropa) y decidí hacer que fuesen mis modelos, fingiendo ser un profesional.
Una noche, mientras jugábamos cartas y dominó en su patio (mas bien, su escenario, verdad?) les comente que les quería hacer unas fotos temáticas, por lo bien que se veían como grupo. Les dije que necesitaba hacerlas para un "proyecto" de la universidad. Casi me da un ataque cuando me dijeron que lo harían "todo por un buen vecino como tu…" y más aún cuando Juan
Vicente me preguntó, con un dejo de inocente malicia: "¿tu crees que de verdad me veo bien? ¡yo me veo algo gordito!"… les dije que no se preocuparan, que yo haría que las fotos quedarían muy bien. Los 4 me mostraron sus pechotes, por si las dudas, y yo super feliz, sobre todo por lo que vendría.
Qué raro, todo estaba planeado para un domingo: compré pasapalos, cervezas; alquilé unos videos porno (por si no salía el "negocio" y poder “consolarme”) y unos 10 rollos de película (quedé sin dinero, pero valdría la pena, supuse…). Tal como se los pedí; a las 6 de la tarde aparecieron disfrazados el cuarteto de hermanitos ricotes: Pancho se vistió de vaquero, Simón de policía, Juan Vicente de mecánico y Cheo de liceísta. Tomaron unas cervecitas para ambientarse y los invité a entrar en un improvisado "estudio" (mi sala).
Procure calmarme al comenzar las tomas, y saque algunas fotitos. Les pedí algo más audaz, como que se fueran quitando las camisas o algo y me dijeron que les pusiera música... apenas lo hice Pancho, al igual que el primer día que lo vi; inició un excitante strip-tease… lento pero increíble, el cual gastó inmediatamente mis 4 primeros rollos de 36. Uno a uno, con la misma calma y sensualidad, meneando sus cinturas como machos que eran; se unieron al hermano mayor y comenzaron a desvestirse también... yo tomaba y tomaba fotos como loco, pero solté la cámara al percatarme de que la tortilla se me había volteado... ¡¡¡a mi favor!!!. Yo estaba tan pero tan excitado, que no daba crédito a mis ojos: Habían accedido a mi sesión fotográfica para seducirme (más todavía) y aclarar sus dudas sobre mi sexualidad: Resulté siendo el cazador cazado… divertidísima ironía; quedaron los cuatro en ropa interior, mostrando unas muy indiscretas erecciones, de improviso me agarraron entre todos (casi que tumbo todo lo que había en la mesa: bebidas, pasapalos y todo) y comenzaron a tocarme, acariciarme, besarme, a dejarme tendido en el suelo y quitarme la ropa por completo.
Yo me sentía como un poco de mantequilla recién entrando a la sartén: derritiéndose... no tardé en eyacular como nunca, fuertes gemidos incluidos... y no paraban!!!. Fin del primer round. El segundo no se hizo esperar: uno a uno iban bajando esos ajustadísimos interiores... guuuuuaaaaaaaaaaaaaaaauuuuuuuuuuuu!!! ante mí estaban los 4 peroles más hermosos que había visto en mucho tiempo, quizá en toda mi vida. El primero que mamé fue el de Cheo, que siendo aún joven de edad se gastaba tremenda mandarria, no muy gruesa, pero larga y de una dureza indescriptible; rica, mojadita… como se meneaba dentro de mi hirviente cavidad bucal!. Luego, engullí a más no poder la de Juan Vicente, algo menos larga pero de un grosor muy respetable y muy traviesa; el osote casi tiritaba al pasar mi lengua por la hinchada cabeza.(los 4 eran "uncut" para mi mayor alegría). El papeadísimo Simón casi reventaba su interior con el extraordinario rolo que cargaba entre las piernas, el cual entraba y salía de mi boca con salvaje furia, enrojeciéndose cada vez más. Pero Pancho... quedé como estatua por unos instantes: El mayor, el más alto, el de los bigototes gruesos, el más "pelúo", el de las tetillas mas enormes y deliciosas no podía ser la excepción con su miembro. Se gastaba una vaina descomunal, pudiéndose comparar con la pierna de un bebé: exageradamente grueso, como de 10 pulgadas y una gran cabeza púrpura, palpitante y llena de lubricación al contacto con mi hambrienta boca, temblaba con una fuerza bárbara. Al lado de ellos, mi güevo parecía el de un niñito de colegio. No podía creer todo lo que en mi propia sala ocurría. y comprobé lo que sospechaba de su comportamiento algo "incestuoso": Se acariciaban los pechos, se besaban en los cachetes y a veces en la boca, se besaban y mordían sus tetotas, se masturbaban mutuamente... es que era tanto macho, tanto machete, tanto kilo y pelos, tanto músculo, tanta hormona y sexualidad junta... era demasiado para que no lo compartieran entre ellos y ahora conmigo. Yo estaba a punto de derrumbarme de la excitación y ellos como que también. Sudando, oliendo a hombre, a macho, a oso, a lujuria, se acercaron a mi y fueron expulsando interminables chorros que cayeron desde mi cara hasta mis piernas... gritos y gemidos de absoluto placer invadían mi sala, y cuatro enormes machos cayeron sobre mí para descansar del polvazo y relajarse. Incesto o exagerada camaradería, los 5 nos besábamos entre todos y acariciábamos nuestros cuerpos hasta secar todo el semen caliente. Fue un día para nunca olvidarlo...
Desde ahí en lo sucesivo, cada domingo uno de ellos me visita y me regala lo mejor de su sexo, viril y caliente. Me penetran suavemente (para no herirme) con esos rolos palpitantes y yo disfruto al máximo y sin cansancio de esos cuerpos osunos. Nos hemos hecho más amigos que nunca y somos la envidia (o mejor dicho, yo soy la envidia) del resto de la cuadra y de las discos gays. Quien alguna vez conozca a un combo de hermanos osotes (y gays…), que no los deje ir, porque se arrepentirá hasta el final de su existencia.

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